Tu guía de psicología práctica
El mes de enero es un por un lado sinónimo de rebajas y, por otro, de bajón económico, la famosa cuesta de enero. Pasadas las Navidades, los bolsillos se resienten y si no se es previsor puede afectar de una forma clara no sólo a nuestros bolsillos, también a nuestro estado de ánimo.
CAROLINA GARCÍA
09/01/2008
Ya están aquí las rebajas y la famosa cuesta de enero que tanto nos preocupa.
La cuesta de enero se produce por dos motivos:
1. El consumismo desbocado es mucho más fuerte que los esfuerzos por controlar y educar en cómo consumir.
2. Como somos seres sociales, demasiado influenciables, caemos alegres y embriagados en el dispendio de los excesos navideños. Si no cometemos algún exceso, ¿qué tendríamos para presumir al final de las vacaciones?
Para nuestro consuelo, o desdicha, se nos ofrecen las rebajas de enero, teóricamente justificadas en la necesidad de dar salida a los artículos de fuera de temporada.
Frecuentemente caemos en otra trampa de consumo descontrolado: estamos acostumbrados a gastar compulsivamente como fuente de placer, especialmente cuando nos fallan otros mecanismos como la felicidad, amar y ser amados, ayudar y ser ayudados, o compartir lo propio. Por todo ello, el sentido de la cuesta de enero no es sólo de naturaleza económica, sino esencialmente de carácter psicológico.
Tenemos mala conciencia por el gasto excesivo y las tremendas comilonas, y sabemos que lo que nos espera a la vuelta de enero es la rutina del trabajo cotidiano, sin esperanzas de vacaciones hasta la Semana Santa.
Es cuando surge el síndrome post-navideño, ese estado depresivo que nos impide ver el lado positivo de las cosas.
A la tercera semana de enero, cuando ya nos hemos reprogramado, el tiempo ha tirado por tierra los utópicos objetivos que nos planteamos cuando tomábamos las uvas del 31 de diciembre, con el habitual propósito de ''año nuevo, vida nueva''.