Tu guía de psicología práctica
El apego afectivo es peligroso en tanto que supone una relación de dependencia afectiva, de manera que la persona pierde su autonomía.
Carolina García
11/03/2008
El apego como adicción
Depender de la persona que se ama es una manera de enterrarse en vida, un acto de automutilación psicológica en el que el amor propio, el autorrespeto y la esencia de uno mismo son ofrendados y regalados irracionalmente.
Bajo el disfraz el amor romántico, la persona apegada comienza a sufrir una despersonalización lenta e implacable hasta convertirse en un anexo de la persona amada.
La dependencia es un síntoma de que hemos perdido nuestra autonomía y libertad de actuación. No somos nosotros mismos, somos una sombra de lo que podíamos ser.
De manera contradictoria, la tradición ha pretendido inculcarnos un paradigma distorsionado y pesimista: "El auténtico amor, irremediablemente, debe estar infectado de adicción".
Se diga como se diga, la dependencia no es sinónimo, ni mucho menos, de amor verdadero. Cualquier actividad que nos haga ser anexo de algo no puede ser beneficiosa ni para la relación ni para nosotros mismos.
La epidemiología de apego es abrumante. Según los expertos, la mayoría de las consultas psicológicas se deben a problemas ocasionados o relacionados con la dependencia patológica interpersonal. En muchos casos, pese a lo nocivo de la relación, las personas son incapaces de ponerle fin.
El deseo no es apego
La apetencia por sí sola no alcanza para configurar la enfermedad del apego. El gusto por la droga no es lo único que define al adicto, sino su incompetencia para dejarla o tenerla bajo control.
Querer algo con todas las fuerzas no es malo; convertirlo en imprescindible, sí. La persona apegada nunca está preparada para la pérdida, por que no concibe la vida sin su fuente de seguridad y placer. Siempre que haya síndrome de abstinencia, hay apego.
El hecho de que desees a tu pareja, que la degustes de arriba abajo, que no veas la hora de enredarte entre sus brazos, que te deleites con su presencia, no quiere decir que sufras apego. El placer de amar y ser amado es para disfrutarlo, sentirlo y saborearlo. Recuerda: el deseo mueve el mundo y la dependencia la frena.
El desapego no es indiferencia
Amor y apego no siempre deben ir de la mano. Los hemos entremezclado hasta el punto que ya confundimos el con el otro.
Erróneamente entendemos el desapego como dureza de corazón, indiferencia o insensibilidad, y eso no es así. El desapego no es desamor, sino una forma sana de relacionarse cuyas premisas son independencia, no posesividad y no adición.
Declararse afectivamente libre es promover afecto sin opresión, es distanciarse en lo perjudicial y hacer contacto con ternura.
Lo que tenemos que conseguir es romper con esa adicción a la pareja y así entender que desligarse psicológicamente no es fomentar la frialdad afectiva, porque la relación interpersonal nos hace humanos. No podemos vivir sin afecto, nadie puede hacerlo, pero sí podemos amar sin esclavizarnos.
El apego desgasta y enferma, ya que una de sus características más sobresalientes es el deterioro de energía.
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