Tu guía de embarazo
Las embarazadas y los lactantes son dos grupos especialmente vulnerables a las altas temperaturas
MAYKA SÁNCHEZ
06/08/2008
"Combatir el calor está en tus manos" es el eslogan de la campaña del Ministerio de Sanidad para prevenir los efectos de las altas temperaturas de este verano. Existen numerosos recursos, generalmente sencillos y asequibles, que ayudan a combatir los grandes calores y a evitar procesos de deshidratación y golpes de calor. Las embarazadas y los lactantes son dos de los grupos más vulnerables.
El calor es beneficioso para la vida pero a partir de los 35 grados centígrados se aleja de lo saludable y puede producir trastornos importantes en el organismo humano. El cuerpo se defiende del exceso de calor mediante unos mecanismos termorreguladores que responden eficazmente en personas sanas, mientras la temperatura ambiental se mantenga por debajo de los 35 grados centígrados. Gracias a esta termodifusión fisiológica es posible que la temperatura corporal permanezca estable, en torno a los 36 grados centígrados, con independencia de la exterior.
Durante el embarazo el riesgo incrementa aún más con el calor el gasto cardiaco y el volumen circulatorio; la gestante tiene que irrigar sangre a mucho más territorio. No son extrañas las lipotimias o bajadas bruscas de tensión arterial. Los propios cambios metabólicos de este estado hacen que aumente la sensación de deshidratación y la necesidad de incorporar líquidos.
Los bebés, lactantes y menores de tres años constituyen otro grupo que hay que mimar, sobre todo porque son dependientes del adulto para el aporte de líquidos y porque su necesidad es ligeramente mayor, ya que poseen más cantidad de agua corporal y más superficie corporal por unidad de peso para perder agua y recibir calor.
Se debe evitar la exposición directa al sol de los lactantes y niños con enfermedades crónicas respiratorias y neurológicas. Es conveniente ofrecerles a menudo agua entre las tomas de leche para que elijan a demanda. Si aparecen infecciones digestivas con excesiva pérdida de líquidos, lo mejor es consultar al pediatra, quien indicará unos preparados glucoelectrolíticos de venta en farmacia para evitar la deshidratación.
La piel y el tejido graso subcutáneo son fundamentales en la regulación térmica y su acción se centra en producir un efecto barrera. La piel, además, posee unos receptores sensitivos al calor que se encargan de modular ciertas reacciones neuroquímicas, como la sensación de sed y la necesidad de incorporar líquidos para prevenir la deshidratación.
De igual modo, la transpiración o sudoración cutánea permite liberar calor en forma de gotas de agua e iones o electrolitos (cloro y sodio, sobre todo) para estabilizar los 36 grados internos frente a las elevadas temperaturas externas. Acontecen también diversos cambios circulatorios con el fin de incrementar o reducir el flujo sanguíneo a todo el cuerpo de acuerdo con la temperatura exterior.
La transpiración es el primer mecanismo de defensa ante las altas temperaturas. El cuerpo elimina calor por la piel en forma de vapor mediante la respiración. A la vez se producen unos mecanismos hemodinámicos, como el aumento del gasto cardiaco y circulatorio, que tratan de equilibrar la temperatura corporal y la ambiental.
Cuando estos mecanismos son sobreexpuestos a las elevadas temperaturas (a partir de 35 grados) o bien las condiciones de hidratación y circulación sanguínea no son las idóneas, aparece una incapacidad para regular la temperatura corporal.
Los primeros efectos del calor se observan en una serie de manifestaciones como cansancio, sensación de ahogo o de falta de aire, desazón, nerviosismo, mareo, palpitaciones, dolor de cabeza y calambres musculares. Puede aparecer también hipertermia o aumento de la temperatura corporal, que pasa de los 36,5 o 37 grados a los 39 o 40. En esta situación, que se conoce como golpe de calor, aparece la fiebre y pueden surgir náuseas y vómitos, caída brusca de la presión arterial, deshidratación e incluso pérdida de conciencia.
Mediante el mecanismo defensivo de la transpiración se va produciendo una importante pérdida de líquidos y sales minerales (electrolitos) que el organismo necesita para funcionar correctamente. Si estas pérdidas no se van reponiendo con aportación de líquidos, se dispara el proceso de deshidratación. Los efectos directos del calor sobre el torrente circulatorio hacen que la sangre que circula por las venas se estanque y fluya con dificultad. El corazón y las arterias presentan tendencia a dilatarse y a impedir que la sangre oxigenada llegue adecuadamente a los tejidos.
El calor sofocante afecta asimismo al aparato respiratorio, incapaz de asimilar el oxígeno necesario para su correcto intercambio en la sangre. Si se desencadena una falta de aporte sanguíneo y, por tanto, de oxigenación a los tejidos, aparecen situaciones de grave compromiso cardiorrespiratorio, que incluso pueden poner en peligro la vida de algunas personas.
Si este proceso mediado por el golpe de calor no se ataja, empieza a surgir un fallo multiorgánico, por el que fracasan el corazón, el sistema respiratorio, el riñón y otras estructuras vitales que conducen a la muerte.