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Embarazo

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Mayka Sánchez

El parto es una experiencia inolvidable

La importancia de la afectividad

Un muñeco mimoso y juguetón en la tripa de mamá

En el tercer mes el embrión pasa al estado fetal. Todos los órganos van creciendo y madurando. ¡Hasta hace pipí!

MAYKA SÁNCHEZ

18/01/2008

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Feto en el tercer mes

Feto en el tercer mes - Foto: © goce risteski - Fotolia.com

Hacia el final del tercer mes de embarazo el chiquitín, que pasa del estado embrionario al fetal, mide tan sólo unos diez centímetros y pesa algo más de 30 gramos. Pero todos sus órganos, ya formados, comienzan rápidamente a crecer y a madurar. Al desarrollarse los riñones y empezar a segregar orina en la vejiga, nuestro muñeco empezará a hacer pipí plácidamente en la tripa de mama. Al llegar al cuarto mes, más o menos a partir de la semana 18-20, este pequeño se vuelve juguetón y travieso. Empezará a moverse y a dar suaves pataditas. También duerme a ratos y otros se mantiene despierto. Traga y le encanta escuchar los latidos del corazón de su madre, que le dan calma y tranquilidad.

También a partir de ahora empezará a distinguir la voz de mamá, sobre todo cuando le hable con dulzura, y permanecerá tranquilo si oye música serena. Algunos expertos aconsejan que, mientras la madre esté en reposo, se coloque unos cascos sobre el vientre para que el peque escuche música. El autor clásico de elección es Mozart. Puedes hacerlo cuando estés tranquila leyendo, viendo la televisión o al ordenador.

Según los expertos, los primeros estímulos durante la gestación proceden de mamá. Aunque es difícil precisar desde qué momento el feto es receptivo, se calcula que a partir de la sexta semana de embarazo capta los ruidos rítmicos que le rodean y que le resultan agradables, como los movimientos del líquido amniótico o el latido del corazón de la madre.

Algunas de las actuales teorías de educación maternal, que parten de la década de los treinta del siglo XX y de las escuela inglesa (con Read) y rusa (con Velvoski, Nicolaiev y Chertok, que se basaron en Paulov), sostienen que un feto que se ha sentido mimado y amado nacerá con más peso, comerá y dormirá bien y su sistema inmunológico o defensivo estará más desarrollado, por lo que será más fuerte frente a las enfermedades.

Y van mucho más allá al afirmar que esos niños serán mucho más alegres, pacíficos y equilibrados. Algunos ginecólogos, por el contrario, se muestran más escépticos, al expresar que existen una receptividad y unos movimientos fetales en torno a la séptima semana. En el segundo trimestre es posible observar mediante ecografía, entre otros parámetros, sus estructuras cerebrales y deducir que su sistema nervioso central es normal.

Pero, según argumentan estos últimos, aceptar que un bebé amado nacerá más fuerte o será más feliz que otro no deseado son sólo elucubraciones basadas en observaciones, serias, pero son constatación científica. Es cierto, sin embargo, que los pediatras admiten que los niños no deseados suelen ser más nerviosos y problemáticos.

Pero, del mismo modo que la realidad supera muchas veces a la imaginación, también puede superar incluso a la ciencia. Y, si no, que se lo digan a María, una joven embarazada española a principios de la década de los noventa. Su experiencia es real. No quiere identificarse al contarlo, pero casi le brotan las lágrimas al recordarlo:

Froto, froto, froto; pico, pico, pico; palmoteo, palmoteo, palmoteo. Estas simples palabras corresponden a una cancioncilla que cada día María, embarazada, entonaba para su futura hija, a la vez que sus dedos bailoteaban sobre su abultado vientre según el significado de cada uno de los tres verbos de la curiosa melodía. María seguía el consejo que le había dado su matrona en las clases de educación maternal.

Ella no podía imaginar hasta qué punto su hija era receptiva al mensaje materno, pero sí tuvo la suerte de comprobarlo después, cuando la pequeña ya contaba tres años.

De nuevo embarazada, la joven madre le dijo a la niña: "Vamos a jugar con tu hermanito". Entonces la futura mamá del que sería un varón empezó a entonar el froto, froto y a acariciar suave y firmemente su tripa. En seguida la niña siguió cantando ella sola la cancioncilla, cuando jamás se la había oído a su madre desde que nació. Fue un momento conmovedor y real, que sucedió en la ciudad española de León en los años noventa.

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