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El corazón y las sensaciones que transmite al volante son lo más destacado de este compacto con prestaciones de superdeportivo, de 0 a 100 km/h en 6 segundos y 250 km/h de velocidad punta
Carlos Miquel
Imagínense un aullido estremecedor. El del clásico seis cilindros tres litros de BMW en plena sinfonía a 7.000 RPM. 265 CV de potencia que te lanzan a una hipervelocidad digna de un Porsche y convierten el resto de tráfico en simple polvo de estrellas, motas torpes que desaparecen en un santiamén del retrovisor. El inacabable motor es el gran protagonista del 130i, la versión más deportiva del compacto de cinco puertas.
Para los más atrevidos existe un 135i coupé turbo de 306 CV de potencia, pero no tiene el guante de seda a bajas vueltas del conseguidísimo seis cilindros atmosférico de la marca bávara, todo un prodigio de finura al volante. En un Audi S3, el rival más directo del 130i la cabeza del acompañante está constantemente golpeándose con el reposacabezas. Sin embargo, el BMW admite a la perfección una conducción turística a bajas vueltas.
Los datos de prestaciones no dejan lugar a dudas de que estamos ante una máquina muy seria. Parasaber ha podido comprobar cronómetro en mano que acelera de 0 a 100 km/h en sólo seis segundos. Su velocidad punta, autolimitada, es de 250 km/h. El consumo, por cierto, tampoco es tan elevado en función de lo que corre, con medias de 11,5 litros a los 100, aunque eso es lo de menos en este caso.
Teletransportados entre curva y curva, el comportamiento es excepcional sobre asfalto en buen estado, con una dirección muy directa y precisa, aunque el control de estabilidad es demasiado intrusito y frena al coche demasiado. Para los que dominan la conducción, sólo para ellos, desconectar ese botón mejora la aceleración en salida de curva e incrementa exponencialmente la velocidad y adrenalina, aunque entonces se viaja sin colchón. Sólo interviene la electrónica en caso de extrema necesidad.
Si la adherencia es altísima en curvas medias y de alta velocidad sobre buen asfalto, en cuanto éste se deteriora también salen a relucir los defectos de una suspensión con recorridos demasiado cortos, que rebota demasiado y obliga a realizar correcciones con el volante. En esas circunstancias el DSC salta casi constantemente.
Como coche para todos lo días al precioso BMW, al menos con el kit M y el bonito azul de la unidad de pruebas, le falta más confort de suspensión y también unas puertas traseras más grandes, o algo más de capacidad de maletero. Sin embargo, la posición al volante y el equipo opcional del que hemos disfrutado, con cuero, navegador con bluetooth, techo eléctrico y un sinfín de gadgets, hacen la vida más placentera. A mi mujer no le gustaba por su suspensión dura hasta que se puso al volante: "Es increíble lo suave que va el motor, da la sensación de no calarse nunca. No da los tirones habituales en otros a bajas vueltas".
El precio, como siempre en la marca, es elevado, de 39.000 euros, sólo 3.000 euros menos que el Serie 3 equivalente. Algo que le canibaliza por completo. Sin embargo, su agilidad es aún mayor y, sin pensar con la cabeza, es un deleite para los sentidos.