adopciones
Hay niños que no paran un segundo y otros que se aceleran en determinadas situaciones. ¿Qué necesitan para recuperar y conservar la calma?
BEATRIZ SAN ROMÁN
Si tu hijo es lo que la gente tiende a etiquetar como "hiperactivo", lo más probable es que te aconsejen que llenes su horario con actividad física para que saque toda su energía. Tal vez hayas observado que tu hijo se altera en los lugares bulliciosos (una fiesta, un polideportivo, etc.) o ante ruidos muy altos como un portazo o un camión que pasa. O que, cuando las cosas no salen como a él le gustarían, se pone cada vez más irascible e insoportable. Si tiene un "mal día" y todo parece sacarle de quicio, mandarle a su habitación hasta que se calme puede parecer una buena solución pero ¿lo es realmente?
En realidad, ni el ejercicio físico ni el aislamiento son las respuestas más adecuadas para un niño que se siente inquieto y nervioso porque no tiene aún la capacidad de manejar de otra manera su malestar. No es que quieran sacarnos de nuestras casillas, es que no pueden controlar sus emociones cuando éstas les desbordan.
La mayoría de los niños sientan las bases de su autocontrol a partir de los tres años, tras atravesar la etapa típica de las rabietas. Aquellos que no contaron en su momento con la ayuda necesaria para hacerlo o que han vivido algún tipo de trauma, no consiguen hacerlo cuando sus niveles de estrés se disparan. Si observamos su comportamiento como una prueba de que se sienten angustiados y no saben calmarse, estamos en mejor disposición de ayudarles.
Dos estrategias pueden ser útiles si tu hijo se muestra ansioso o hipercinético:
- disminuir los niveles de estimulación
- permanecer junto a él para ayudarle a calmarse.
Menos estímulos, más calma
Cuando un niño está "pasado de revoluciones", de nada sirve razonar con él. Mejor dejarlo para otro momento en que pueda estar más receptivo. Trata de disminuir el bullicio a su alrededor y proporcionarle un ambiente calmado y relajado. Alejáte de los lugares ruidosos, evita la música a todo volumen o las actividades excitantes. Rebajar el nivel de estímulos es el primer paso para lograr que su seguridad aumente y pueda relajarse.
Si tu hijo está nervioso, busca actividades atractivas pero tranquilas: dibujar, hacer collages, dibujar con tizas sobre la acera, juegos de mesa... Si está realmente sobreexcitado, no le será fácil engancharse con este tipo de cosas hasta que haya recuperado la calma. Para ello, en lugar de alejarlo de tu vista hasta que "se le pase", ofrécele tu presencia y tu apoyo.
En momentos de estrés, los niños que no saben aún gestionar sus emociones suelen reaccionar como lo haría uno de menos edad: rabietas, movimiento constante, incapacidad para concentrarse, etc. Al igual que con los más pequeños, la simple presencia de sus padres es el mejor antídoto contra su nerviosismo. Hay estudios que demuestran que el simple hecho de estar físicamente junto a sus padres aumenta su nivel de hormonas anti-estrés. El contacto físico agradable (acariciarlo, darle un masaje, sentarlo en tus rodillas) es aún mejor. Por el contrario, mandar a un niño que no puede relajarse lejos de nuestra vista aumenta las hormonas del estrés y su sensación de desasosiego.
Cuando nuestros hijos son incapaces de gestionar lo que sienten, necesitan que nosotros nos mostremos fuertes, seguros y calmos. Y que nos quedemos a su lado para ayudarles a recuperar la tranquilidad. No temas que al hacerlo estés fomentando una dependencia enfermiza de tu persona, al contrario. Cuando tu hijo cuenta contigo para aprender a serenarse, las conexiones de su cerebro que lo permiten se fortalecen. Como ocurre con los más pequeños, cuanto más ayuda reciban para controlar sus emociones, más fácil les será enfrentarse después en solitario al mundo.