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El directivo perfecto

No existe una fórmula mágica, pero sí ciertas habilidades y características que definen al directivo ideal.

GRIKER ORGEMER

04/02/2008

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¿Qué es el clima organizacional?

¿Qué es el clima organizacional? - Foto: © kristian sekulic - Fotolia.com

Pensar en el directivo diez nos hace comprender mejor al Dr. Frankenstein que, con toda su buena intención, pretendía crear el hombre perfecto de materia inanimada. Inspirado por su método y apoyados la experiencia de numerosos directivos de diferente nivel, sector, actividad, sexo, edad, origen? podemos definir esos retales con los que podremos concebir a nuestra "criatura".

Es fácil acudir a cualquier manual de management y encontrar todos los tópicos del directivo ideal: conductor de equipos, gran comunicador, comprometido con su empresa, planificador de tareas, íntegro, formador de su gente... Lo que deberían ser rasgos diferenciales se convierten en obligaciones ineludibles para cualquier directivo que se precie. ¿Algo exigente? Sin duda, pero siempre se termina diciendo que todo eso va en el sueldo.

Son otros los rasgos que más nos interesan, aspectos que no son tanto el resultado de lo que su trabajo les exige sino de una actitud vital que les acerca a esa excelencia que sólo alcanzan unos privilegiados. Previsibles, sorprendentes, mejorables... en todo caso estos puntos nos ayudan a conocer mejor al buen directivo. El directivo diez:

- No se lo cree, sabe que está de paso, que el mercado se mueve como una estación espacial, donde no existe arriba y abajo. Su seguridad viene de su desempeño, no de su posición.

- Valora más su vida personal, su ocio, su familia, su descanso. Dedicar tiempo a sí mismo es una exigencia más de su posición, y el compromiso con la empresa ya no significa renunciar a todo lo demás.

- No apoya su atoestima ni su vida en su trabajo; lo considera muy importante pero no único o insustituible. Eso le ayuda a distanciarse de los riesgos, problemas y decisiones que se generan en su puesto.

- Le gusta aprender de todo, absorbe información que podrá utilizar en una conversación, dar respuesta a una duda, aprovechar con un cliente o por simple satisfacción personal.

- No es esclavo de las formas, no está obsesionado con las marcas, los precios, lo exclusivo. Lo podemos ver comiendo en un burguer, llevando un reloj de promoción o corriendo con las zapatillas rotas de hace un lustro.

- Conoce mejor las facetas técnicas de su trabajo, lo que le permite asumirlas personalmente en casos que lo exijan o supervisar más estrechamente el trabajo de sus colaboradores.

- Se utiliza a sí mismo para sacar su empresa al exterior: acude a foros profesionales, conferencias, presentaciones comerciales, acciones formativas... Se deja ver, se relaciona, crea y mantiene contactos, siembra.

- Aprovecha muy bien lo que saben los demás. No le da reparo preguntar a quien sea de lo que sea si con eso obtiene lo que busca. No le preocupa aparentar, no es una prioridad, lo primero es conseguir sus objetivos.

- Escucha. Sabe que es parte esencial de su trabajo, que trabaja con personas, con clientes, con colegas que necesitan ser escuchados. Sus resultados dependen de los que le rodean, ha de saber lo que piensan y quieren.

- Es competitivo, pero sobre todo consigo mismo, con su pasado, con sus objetivos y expectativas. Se trata de hacerlo mejor cada vez, no de hacerlo mejor que el otro, ya que así es el otro el que marca sus metas.

Si cosemos bien firmes estos retales en un solo cuerpo podremos conocer al directivo ideal.

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