Tu guía de innovación
Pensar en pequeño para actuar a lo grande.
MARÍA SANZ
01/02/2008
Entre mediados del siglo XXII y los albores del XXIII, los pisos son tan pequeños y el ritmo de vida tan frenético que el inventor Domenico Bolini se hace multimillonario con su marca de huevos fritos envasados por unidades Eggminence; las guerras y los países por arrasar se deciden en la tan terrible como arbitraria Lotto War y el promedio de duración de las parejas es tan poco esperanzador que la Puzzle Bed permite que al que le toque irse a dormir al salón pueda llevarse, al menos, su parte de la cama.
A través de estos estrambóticos inventos y las cáusticas historias curriculares de sus no menos originales inventores, el agitador mediático e inventor Pep Torres propuso en su Futour, a tour through the future una reflexión sobre nuestro complejo presente. Un sano ejercicio (aunque aliñado con un vitriólico sentido del humor) en torno a las tristes paradojas de la sociedad actual, germen probable de algunas de las futuras amenazas que se ciernen sobre la humanidad, como el cambio climático, la obsesión por la apariencia física o la cada vez menor representatividad de la democracia representativa.
Una exposición de estas características enlaza a la perfección con la trayectoria de este creativo y autor de seis libros, que desde su empresa Stereonoise es capaz tanto de inventar un gadget directamente comercializable como inusitados prototipos (eso sí, a un coste irrisorio), generadores de historias que consiguen más ruido mediático para sus clientes que muchas de las campañas publicitarias más caras y mejor orquestadas.
Como botón de muestra sirva su lavadora paritaria: una idea que concibió para que una conocida ferretería de Barcelona atrajera a los clientes durante el Día del Padre y que acabó recogida en cerca de 800 medios de comunicación de todo el mundo, siendo calificado por el Washington Post como el mejor invento del año 2005. Para ello, Pep Torres sólo necesitó un sencillo software de detección de la huella digital, una vulgar lavadora doméstica y un maquiavélico titular enviado a su agenda de contactos el 8 de marzo, Día de la Mujer Trabajadora: «Una revolucionaria lavadora obliga al hombre a poner una de cada dos coladas».
Usted es un autodidacta, ¿ergo el inventor nace y no se hace?
Yo empecé en las revistas, como fotógrafo de una publicación erótica y músico de un musical cuando El Molino brillaba en las noches del Paralelo barcelonés. Pero a los 32 años decidí que lo que me gustaba era la invención y monté After Work, una empresa dedicada a orientar a los inventores sobre cómo podían comercializar sus inventos.
Deduzco que no le fue bien...
Descubrí que nadie va a vender tus ideas mejor que tú mismo. Entonces, ofrecí mis propios inventos a Crónicas marcianas y empecé a colaborar con varias televisiones con mis chindogus (gadgets ocurrentes pero que no sirven para nada). Poco después escribí El manual del inventor, el único en español, cuyo principal objetivo es enseñar de la A a la Z cómo sacar beneficio económico de tus inventos.
Magna obra.
Bueno, al menos, recomendada por los principales centros de patentes. Desgraciadamente, está descatalogada. En Estados Unidos hay más de 3.000 títulos sobre el tema, pero aquí no hay ni tradición ni apoyo alguno a la figura del inventor.
Edison aquí se habría muerto de hambre.
Tal vez tenemos la chispa latina de la creatividad, pero sigue faltándonos una sistematización de la innovación y sus procesos. Y, además, en la mayoría de las empresas la dirección se dedica sólo a pensar en el día a día, y los cuadros intermedios a mantener la cómoda inercia de su estatus.
¿Por eso escribió usted No te pago por pensar?
Es un libro de humor, pero que refleja cómo muchos de los cargos que deberían favorecer la innovación en la empresa, en realidad, acaban obstaculizando cualquier idea de la que no se puedan apropiar, por temor a que ponga en evidencia su mediocridad o porque resulta más sencillo no moverse. Necesitamos potenciar una verdadera cultura de la innovación.
Tanto escribir, le pidieron que llevara una agencia de comunicación para escritores ¿no?
Sí, fundé De Buena Tinta, que llevaba las promociones de conocidos escritores como Sánchez Dragó. Luego fui ampliando la lista de mis clientes a otros sectores, pero estos, aunque tuviesen buenos productos y servicios, no eran singulares. Fue entonces cuando empecé a inventar historias para lograr el mayor número de impactos de sus marcas con el menor coste posible. Como la que organicé para una agencia matrimonial barcelonesa que salió en todas las televisiones. Era una cita a ciegas entre un autobús de chicos y otro de chicas. Pero a ciegas de verdad: ¡iban todos/as con los ojos vendados!
Auténtico marketing de guerrilla.
Sí, lo que pasa es que poco a poco fui recuperando mi espíritu de inventor y las historias fueron girando cada vez más en torno a un gadget concreto que concebía para cada ocasión. Como el ordenador que se reseteaba a puñetazos cuando se quedaba colgado o la lavadora paritaria. Gadgets de dudosa utilidad práctica, pero cuyo historia daba la vuelta al mundo.
Y se cumplían los objetivos de sus clientes...
Con creces. Tengo claro que no hay ninguna idea buena per se: la mejor idea es aquella que mejor cumple los objetivos. En este caso era generar el máximo ruido mediático al menor coste para que mis clientes vendiesen. ¡Y ya lo creo que vendían!
Dígame cuales son las claves para inventar (y por extensión, para innovar).
Ser polifacético y transversal, es decir, renacentista. Yo, por ejemplo, diseño mis prototipos, mis webs, compongo, escribo... Ser muy rápido en la concreción de las ideas y hacerlo con pasión. ¡Ah! y aplicar el lema de mi empresa: pensar en pequeño para actuar a lo grande. Y, para eso, sólo hace falta imaginación.