Este deporte blanco funde en una única disciplina el esquí nórdico y el esquí alpino siendo la resistencia la pieza fundamental de esta modalidad
ALFONSO OJEA
El esquí de montaña o esquí de travesía ya ha dejado de ser el gran desconocido del mundo blanco. Surgido como el verdadero esquí puro llego incluso a ser deporte olímpico en las primeras décadas del siglo pasado para llegar al olvido hasta hace 20 años.
Una ecuación del esfuerzo
Su diferencia fundamental es que no precisa de medios mecánicos para ser practicado. Son las piernas del deportista las que únicamente le van a impulsar ladera arriba. De ahí que en el esquí de montaña siempre se recuerde que por cada siete ascensiones se logra un descenso. Ésa es la tónica de una actividad invernal que se desarrolla "fuera de pista", sin itinerarios balizados y sobre todo en el difícil escenario de la alta montaña.
Un equipamiento diferente
Para practicarlo es necesario un equipamiento muy distinto al del esquí alpino. Por lo pronto la fijaciones son específicas al igual que las botas, articuladas para permitir la flexión del pie. Los esquís son mas ligeros que los utilizados en pista, dato fundamental sin tenemos en cuenta que los llevamos puestos en todas las ascensiones.
Es más, en realidad los arrastramos en ese movimiento de caminar de frente al mas puro estilo clásico si habláramos de esquí nórdico. Dónde está el misterio: en las pieles de foca, llamadas así porque antaño ése era el material empleado.
Se trata de unas cintas adhesivas de tejido sintético repleto de millones de pelitos que impiden al esquí retroceder incluso en las laderas mas pronunciadas. De esta forma, la ascensión ya sólo está en manos de nuestra fuerza, técnica y resistencia. Eso sí, nunca tendremos que enfrentarnos a las colas de los remontes. No los hay.